Lo que una IA puede —y no puede— hacer por tu gobierno
En los últimos meses sumamos con fuerza una herramienta nueva a nuestro trabajo diario con municipios: la inteligencia artificial. La usamos para analizar presupuestos, ordenar información dispersa, redactar, resumir y detectar desvíos en minutos. Te hacemos una confesión: hasta esta misma editorial la escribimos con la ayuda de una. Estamos convencidos de que es una de las mayores oportunidades que tuvo el sector público en décadas. Pero —y acá está el planteo— como toda herramienta poderosa, sólo rinde si cae sobre un equipo ordenado.
El que la inventó te avisa
Dario Amodei, CEO y cofundador de Anthropic (la empresa que desarrolla Claude, la IA que usamos), escribió en octubre de 2024 un manifiesto que nos marcó: Machines of Loving Grace («Máquinas de gracia amorosa»). Es un texto de un optimismo poco común sobre lo que la IA podría hacer por la humanidad en la próxima década. Pero, en medio del entusiasmo, deja una frase que conviene tatuarse: la inteligencia, por más poderosa que sea, no es «polvo de hadas mágico». Su rendimiento, explica Amodei, depende siempre de otros factores: la velocidad del mundo real, la disponibilidad de datos, la complejidad de cada problema.
Traducido a un municipio: una IA vale lo que valen la información y el orden que le das de comer. No hace milagros sobre el desorden. Lo confirma.
Amplifica lo que ya tenés
El año pasado escribimos que todo cae en saco roto cuando no hay orden. Con la IA pasa exactamente lo mismo, pero amplificado. Si le entregás 126 partidas de gasto dispersas, sin un responsable con nombre y apellido detrás de cada una, te va a devolver una respuesta prolija… y probablemente inútil. En cambio, si le das los 22 agrupadores ya ordenados —como hicimos en aquel municipio del que hablamos en «No hay plata»—, en minutos te arma el tablero, te marca el desvío del mes y te redacta el informe para la reunión. Cabe aclarar: lo primero y principal es saber con claridad qué querés. Lo segundo, es ordenar los datos para un uso ordenado. Con esas dos cosas, la gestión pública vuela.
La IA no reemplaza el método: lo recompensa. Por eso el orden no se vuelve menos importante con la IA. Se vuelve la condición de entrada. Amodei describe a la IA como un «país de genios metido en un centro de datos»: miles de mentes brillantes listas para trabajar para vos. Pero de nada sirve tener ese ejército de genios a disposición si les entregás una casa revuelta y nadie sabe qué pedirles. Lo más interesante de todo es que la IA también puede servir para ordenar. Pero, como decíamos en el párrafo anterior, es necesario tener claridad sobre el para qué.
Seis claves para sacarle el jugo
- Usala para cuestionar lo obvio. Por más que tengas super claro lo que querés, es valiosísimo contarle cómo trabajás actualmente y para qué querés crear lo que querés crear. Brindar esa información y dar lugar a que te cuestione, creannos, es extremadamente valioso.
- Ordená antes de automatizar. Primero el organigrama claro y la información agrupada; después la herramienta. Automatizar un caos sólo te da un caos más rápido. Si necesitás ayuda para ordenar, ¡usá la IA para eso!
- Usala para decidir mejor vos, pero no delegues el mando. Amodei no propone reemplazar al juez, sino asistirlo. La IA te ahorra horas de trabajo operativo; el criterio de gestión sigue siendo tuyo, y la firma también. La inteligencia que manda sigue siendo la tuya.
- Empezá por lo aburrido. Lo repetitivo y de bajo riesgo —resumir actas, clasificar gasto corriente, responder consultas frecuentes, redactar borradores— es donde más impacto vas a sacar con menos peligro.
- Validá siempre. Pensala como un empleado brillante pero nuevo: rápido, capaz y, a veces, equivocado con total seguridad. Nunca firmes lo que no revisaste. No te dejes llevar por la vorágine del algoritmo.
- Lo que importa no es saber de tecnología, sino saber de gestión. No necesitás programadores. Necesitás funcionarios que sepan qué problema vale la pena resolver. La pregunta correcta sigue siendo más valiosa que la herramienta.
El reverso: la misma herramienta sirve para las dos cosas
El mismo Amodei que entusiasma es contundente con los riesgos. La IA, dice, puede ayudar a «los buenos y a los malos» por igual; puede potenciar la propaganda y la vigilancia tanto como la salud o la educación. No es neutral por sí sola.
En la gestión pública el riesgo es más sutil, pero está. Es automatizar un mal proceso y perpetuarlo más rápido. Es esconder responsabilidades detrás de un «lo dijo el sistema». Es decidir sin entender lo que la máquina escupió. La tecnología no nos exime de rendir cuentas; al contrario, nos obliga a hacerlo mejor. Si queremos que la IA empuje hacia una mejor gestión, vamos a tener que pelear por ese resultado. No alcanza con comprarla: hay que conducirla.
Una gestión que ordena, mide y responde a tiempo no es un lujo: es la primera política. Y la IA, bien usada, la pone al alcance hasta del municipio más chico, ese que nunca tuvo equipo para semejante tarea.
Amodei cierra esa idea con algo que compartimos: el miedo motiva, pero no alcanza. También hace falta esperanza.
Para cerrar
En épocas de vacas flacas, la tentación es ver la IA como un gasto más o como una moda. Nosotros la vemos como lo que es: una herramienta potentísima que, como el organigrama o el presupuesto, no inventa la pólvora —pero multiplica a quien ya hizo la tarea. No hay plata, es cierto. Pero hay orden, hay método y, ahora, una palanca nueva para hacer mucho más con lo mismo.
Te dejamos las preguntas: ¿tu municipio está ordenado para aprovecharla, o todavía estás a tiempo de poner la casa en orden antes? ¿Ya la estás usando? ¿Para qué? ¿Coincidís?
¡Te leemos!
De Manuel Martínez Santacroce y Vicente Candellero. Fundadores del Centro de Iniciativa Urbana.

